Fábula La urraca y la ardilla

Esta fábula corta con animales como personajes es inventada y enseña a tener cuidado con los halagos.

Era una mañana calurosa y doña Urraca estaba descansando en la rama de una encina; se sentía muy bien a la sombra y, para colmo de su dicha, sostenía en su pico un sabroso trozo de pan. ¡Qué contenta estaba!

¡Ah, esto es vida! – decía regodeándose, mientras parpadeaba con deleite y fruncía la nariz para, de este modo, poder oler mejor el manjar que poseía.

Entre tanto, doña Ardilla estaba al pie de la encina; sufría lo suyo y cavilaba la forma de arrebatarle el pan a doña Urraca. ¡Hum! Qué buena pinta tenía tan blanquito.

No tardó en encontrar una solución a su problema; conocía a doña Urraca y estaba al tanto de los puntos flacos de ésta, así que le dijo:

-¡Oh, doña Urraca! ¡Cuánto hace que no le oigo cantar! ¿Qué le pasa? ¿Es que ya no conserva su hermosa voz de antes?

-¡Sí, claro que sí! ¡Espere y verá doña Ardilla!

Doña Urraca, llevada por su vanidad, abrió el pico, pues de otro modo no podía cantar. En ese mismo instante, el pedazo de pan se le escapó y cayó al suelo. Doña Ardilla, muy atenta, se apoderó de tan suculento manjar en un santiamén, mientras decía a doña Urraca:

-Estas son las consecuencias de prestar oídos al halago.

Doña Ardilla se fue tranquilamente, sin mirar hacia atrás y doña Urraca quedó en el lugar que ocupaba, dando saltos de indignación.

Moraleja: No te creas todos los halagos, porque pueden esconder malas intenciones.

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